Su agitada vida organizativa comienza en 1971, cuando se convierte en celebrador de la palabra y monitor de las Escuelas Radiofónicas. Fue presidente de patronato, secretario de equipo de fútbol, alcalde auxiliar y presidente de su grupo base.
Durante los últimos 25 años de su vida ha estado estrechamenteligado al desarrollo del movimiento campesino hondureño, por cuya causa no pocas veces ha sido golpeado y encarcelado. Teófilo fue el primer secretario general de la Central Nacional de Trabajadores del Campo (CNTC) y actualmente es el Secretario General Adjunto de esa organización.
Su rica experiencia organizativa, combinada con ingenio agudo y fecunda imaginación, han hecho de Teofilito un auténtico cuentero, con una gran capacidad de recrear la vida cotidiana de nuestro campesino, matizada de humor, ternura y criticidad.
Con justificado orgullo, Editorial Guaymuras entrega ahora "Las Perras de Teofilito", como un acto de justicia y reconocimiento a todos aquellos "perreros" de nuestro pueblo que, fieles a la tradición oral, han sabido mantener viva la llama de la imaginación y la fantasía de generaciones de hondureños.

Nuestro punto de encuentro fue en la ciudad de Intibucá. Cada fin de semana nos reuníamos en la casa de los amigos a evaluar el trabajo. En eso estábamos cuando los compañeros empezaron a notar que desde que llegué al lugar fue de temblar y temblar. Non respeto y disimulo me preguntaron si padecía de algún quis nervioso.
-No, compañeros, les decía yo. Lo que pasa es que tengo mucho, mucho frío.
Y ellos como si nada, normales, como cuando yo estoy en San Pedro Sula. Andaba vestido con varias camisas y pantalones que me había echado encima. Parecía ropero o becerro lleno de lana. Lo peor del caso es que andaba echando humo por todas partes. Cuando hablaba parecía el ingenio Chumbagua en tiempo de zafra. Los amigos me decían:
-Ya es suficiente, Teofilito.
Yo ya ni les oía.
Entonces se les ocurrió preguntarles si me había bañado, a lo que yo contesté que no.
-Pues se va a incendiar o a estallar, Teofilito.
Y se les ocurrió que la mejor alternativa era bañarme por las buenas o por las malas, porque cuando me despachaban al norte, al salir a lo caliente estallaría y podía matar mucha gente. Entonces me aislaron inmediatamente de los demás seres vivientes. El compañero mío, afligido se puso a enviar un telegrama a instituciones públicas y privadas y a mis familiares, avisándoles de lo que me estaba aconteciendo. También convocó a periodistas a una conferencia de prensa en Intibucá, para que recogieran la información fresca en el lugar de los hechos.
Y llegó el día y la hora señalada, jodido. El lugar en que me iban a bañar más bien parecía el Cabo Cañaveral y yo parecía un satélite que el gobierno de Honduras iba a poner en órbita. El tal lugar es un chorro de agua que cae desde lo alto. Es un baño público en que la gente se baña desnudita a las cuatro de la mañana. Pero mi baño lo dejaron para la seis de la mañana, para que yo tuviera dos horas para quitarme aquel cargamento de ropa que andaba y para que hiciera mi testamento en caso de morir por el impacto frío contra lo caliente de mi cuerpo.
Parecía que más bien me iban a fusilar. Aquel acontecimiento reunió más gente que un candidato político, de los mentirosos de ocasión. No faltaron los bomberos, la Cruz Roja, la chepa y una pareja de curas, desde luego.
Después de los actos protocolarios, vino la orden oficial, el momento esperado: meterme al choquete de agua. Vea amigo, eso fue perro... Cuando pego el grito de pavor, miro aquella muchedumbre gritando, rezando, llorando. Otros tiraban cohetes, otros balas. Bueno, por último, llevaron enfermos, los cuales sanaron sin saber por qué, pero dieron gloria a Dios.
La cosa es que cuando caí al agua, se soltó aquel cachimbo de humo... sería el vapor que salía de mi cuerpo. La gente gritaba:
Maullaban los gatos, mugían las vacas, cacareaban las gallinas, el gallo cantaba, el burro rebuznaba y un concierto de sapos acompañaba aquel espectáculo.
En un descuido de la gente me huí. No podía esconderme porque me seguían por el rastro que dejaba el humo por donde quiera que me metía.
Al fin fui a caer a la laguna de Chilicatoro. Ahí me apagué y pude salir gracias a la ayuda de los vecinos y del alcalde auxiliar de la comunidad, un indígena me dijo:
-Ves que lu bañando lu quita lu frío y lu calor.
Había llevado un jugador que le decían Chamorro. Ese jugaba chuña y pegaba unos chutazos que sacaba la pelota de una meta y la metía en la otra. Allá, en medio de la aldea, iba a caer la pelota. Solo que ya tenía como veinte años de jugar, casi no rendía y en esa ocasión el público se estaba burlando de él por viejo.
En eso, otro defensa, grandote igual a él, chuña también, saca la pelota del lado contrario y venía candelita para mi cuando me dice Chamorrón:
-No se mueva portero, ya va ver que le voy hacer un remate, no tenga miedo.
Bueno, al rato viene otra vez Perita, que de huida nadie lo puede detener. Se les pasa a todos y llega hasta mí ¡y me le tiro a los pies, jodido! El que chutea la pelota y yo que la agarro. Me pegó el chutazo en la frente, fue turuncazo.
Quede medio bolo, todo dundo, en una oscurana, pero seguí rebotando la pelota para que el público creyera que no me habían golpeado, y decía la gente:
-Teofilito se va. Teofilito se va.
Pero yo no sabía per qué y le pego aquel gran chutazo a la pelota y el público:
-¡Está bravo Teofilito! ¡Está bravo Teofilito!
Hasta que me agarra un compañero y me dice:
-¿Qué le pasa Teofilito, que está botando la pelota?
-¿Y yo no estoy tirando la pelota para el centro pues?
-No, si usted ya va por el centro de la aldea ¿No ve que ya salió del campo?
Pues me agarraron. Y yo diciéndoosles que me llevaran con disimulo, que me fueran platicando para ir siguiendo las voces, porque no miraba nada; no quería dar mi brazo a torcer. Me llevaron hasta la meta y allí me estuve como tres minutos agarrado del tubo, pero no aguante. Fui cayendo desmayado y la gente decía:
-¡Se durmió Teofilito! ¡Se durmió Teofilito!
El partido seguía.
Me recogieron desmayado y me llevaron a la ladea. Pasaron los primeros tres días y la gente decía:
-¡Se murió Teofilito! Ya hay que enterrarlo porque empieza a jederse, ya echa hijillo, no hay tal desmayo, ya se murió.
Porque habían traído doctores que decían que sólo era un desmayo pasajero, pero ya iban seis días y nada; y claro que hedía, tanto día de estay allí, todo sudado, con polvo y aquel tierrero negro. Ese era el tufo que esta echando.
Me tendieron en la cama y abundaban las coronas, las flores, los tamales, las gallinas, los amigos, el juego de naipes, y el guaro para los que les gustaba el guaro y un jodido enamorándome la mujer. Le decía:
-No se aflija, Teofilito fue bueno y los amigos siempre la van a apoyar. Aquí me tiene usted, no se preocupe que le vamos ayudar en cuanto podamos.
Y yo que comenzaba a oír bien. Aquella cosa como que se me iba pasando y ya oía aquel gran cachimbeo. Las viejas rezando, otras cantando alabados, otras cantando oraciones, otros jodidos comiendo, otros chiveando. Era un solo relajo aquella noche allí.
-Hay que levantarle el espíritu -decía una vieja.
Y aquel jodido rondando:
-No se preocupe, doña, que yo soy el que le va ayudar aquí. De todas maneras, el que se muere, se muere.
-¡Jue puta! ¿Qué putas estoy haciendo yo aquí? ¿Qué es esta papada y este altar? -y me voy sentando. Y sale aquel cachimbo de gente a la carrera. Se fueron a la "BEEEP" todos, no quedó ni uno, hasta mi señora se fue.
-¡El muerto! ¡El muerto! ¡El muerto!
Y salgo yo:
Pero nada. Hasta el otro día, que ya había amanecido bien, que yo andaba buscando café y comiendo tamales y hasta jugando naipes con unos jodidos que se habían quedado fondeados y no se habían dado cuenta de nada, hasta entonces, llegó la gente a ver si era cierto que yo estaba vivo.